domingo, 6 de febrero de 2011

Revive el “tren más difícil del mundo”

Con el tramo férreo que cruza la “Nariz del Diablo”, renacen también comunidades olvidadas.
El camino férreo ecuatoriano. |
La alborada se presenta gélida para los que no están acostumbrados a soportar la temperatura habitual del cantón Alausí, en la provincia de Chimborazo. 

Para las 07:30 las actividades en este remoto paraje de la serranía ecuatoriana ya se desarrollan a todo vapor.  Los estudiantes recorren las empedradas calles hasta sus aulas, las panaderías expenden sus últimas piezas, las amas de casa barren los portones de sus viviendas... Una suerte de silencio y pasividad envuelve a todo el que llega,  pero a lo lejos y cada vez con mayor intensidad, las amenas notas de la banda municipal trastocan la impasibilidad propia de este escenario.

 La estación del tren es el epicentro de una fiesta casi íntima. Después de más de 30 años, el ferrocarril  irrumpe nuevamente  en el corazón de los Andes. Un tramo de 13,5 kilómetros que une Alausí con Sibambe fue rehabilitado esta semana por Ferrocarriles del Ecuador Empresa Pública (FEEP). Esta vía incluye uno de los principales atractivos del corredor ferroviario del país, la ruta de la “Nariz del Diablo”, un  accidente geográfico que motivó, hace 113 años, a ingenieros estadounidenses a calificar a este trayecto como “el tren más difícil del mundo”. 

 “Cuenta la leyenda que uno de los directivos de The Guayaquil and Quito Railway Company (empresa ejecutora y administradora de la obra en 1887) al llegar a la estación de Sibambe levantó la mirada,  vio la montaña y dijo: “This is the devil´s nose” (Esta es la nariz del diablo). “Pero a pesar del asombro, los constructores prometieron que edificarían un tren que surcaría los cielos”, relata Santiago Paredes, uno de los jóvenes y exaltados guías que explican la historia del tren a  cerca de 60 turistas que están distribuidos en tres vagones engendrados a pura madera y con un estilo colonial lleno de detalles nostálgicos. 

Mientras las decenas de miradas se posan sobre paisajes portentosos que se descubren en el tramo -que incluyen valles y quebradas surcados por el río Alausí-, la primera muestra de la rudeza del trayecto se presenta. A menos de cinco minutos de estar en movimiento, el tren debe detenerse encajonado entre dos montañas con piedras afiladas y con vegetación que parece colarse por las ventanas de los vagones. Paredes se apresura a explicar y a recordar a los pasajeros que el tramo siempre presentará retos a superar en cada curva. “Imagínense cómo fue para los que tuvieron que construir los rieles de la nada”, acota el guía turístico.   

Los libros de historia dan fe de que cerca de 4.000 jamaiquinos trabajaron en la construcción del sistema férreo ecuatoriano, de los cuales -en el trayecto de la Nariz del Diablo- resultaron afectados cerca del 60% debido a problemas de adaptación a la altura (más de 2.500 metros sobre el nivel del mar), la estación lluviosa y las enfermedades.

Pero al igual que en los albores del siglo anterior, un grupo de hombres -regordetes y petizos- salen de un letargo en el que aparentemente están durante el viaje para enrumbar al tren. Son los míticos brequeros, los cuales tienen la titánica misión de devolver las ruedas del ferrocarril a su trayecto normal  cuando éstas se  descarrilan debido a la presencia de rocas o por defectos en los rieles. 

De manera sincronizada -y con uno que otro “puta madre” por el esfuerzo realizado- los brequeros encarrilan al tren, después de 10 minutos, luego de trabajar con trozos de maderos y hierros para enderezar los rieles.

El Diablo se descubre
 Después de seguir el curso del río Alausí -que más adelante se unirá con otros afluentes para formar el correntoso  Chanchán- comienza el ascenso de la locomotora en esa misión de conquistar  la “Nariz del Diablo”, a 1.900 metros de altura. El andar se torna más lento de lo normal (20 kilómetros por hora) debido a lo empinado del macizo. “Es una sensación única. Yo vengo de Europa,  allá se vive a mil por hora, sufrimos de vértigo social. Descubrir que en otras latitudes se vive de manera más tranquila es reconfortante”, confiesa Eusima Kurtz, una universitaria austriaca que regala amplias  sonrisas a todo aquel que se le acerca. 
 
Una vez conquistada la mitad de la montaña comienza un descenso calificado por los especialistas  como “una maravilla de la ingeniería”. 

“Ahora comenzaremos a descender en forma de zigzag unos 800 metros, para poder bordear  la ‘Nariz del Diablo’ y llegar a la estación de Sibambe”, explica Paredes, mientras los pasajeros  intentan acostumbrarse a la sensación de bajar por una montaña en reversa. 
 
Aunque una de las reglas  en el tren es no sacar la cabeza por la ventana, más de un curioso, por no decir nervioso, siente la necesidad de ver cómo las ruedas del tren se desplazan por rieles que están a menos de un metro de un barranco de no menos de 800 metros de profundidad. 

Sibambe renace
 La población de Sibambe, parroquia de Alusí, con 4.000 habitantes, estaba asentada hasta hace unas décadas a los pies de la “Nariz del Diablo”. Sin embargo, las constantes crecidas del río Alausí motivaron a sus pobladores y autoridades a trasladarse a unos tres kilómetros  de su posición original, hacia el norte.  
 
Los hijos de esta tierra reconocen que la reactivación de la vía férrea será una herramienta para rescatar a la gente de la postración económica que vive desde hace años.  Para alcanzar este objetivo, varias agrupaciones comunitarias  han instalado puestos de artesanías y cafeterías  para recibir a los turistas que arriben con el tren. Además, se instaló un museo para mostrar la historia de la “Nariz del Diablo” y su importancia  turística en  la provincia.

“Con estos proyectos y con la rehabilitación del tren esperamos que se beneficien cerca de 2.000 personas de las comunidades aledañas a la “Nariz del Diablo”. Ojalá y podamos renacer productivamente”, comenta Ignacio Vacacela, habitante de Sibambe.

 De regreso a la ciudad de las nubes
Después de un trayecto de una hora y media, entre ida y regreso, la locomotora de origen francés y los tres vagones coloniales son cobijados por la neblina. 

La espesa bruma impide ver los paisajes del viaje, pero también tranquiliza a quienes están  preocupados por los abismos.

El ambiente se mantiene hasta arribar a la estación de Alausí. “Por algo se la llama la ciudad de las nubes, por la constante neblina”, explica el alcalde del cantón, Clemente Taday, quien recibe a los turistas  con la banda de músicos la ciudad. 

En pocos minutos la estación se vacía y el  silencio absoluto retorna a las calles de Alausí. Aunque de la boletería sale un grito que anuncia una próxima salida a las 11:00. Una certera alegría retorna a los habitantes,  porque saben que en menos de una hora el tren volverá a irrumpir en sus sosegadas vidas, y con él vendrán buenas noticias para la comunidad entera.

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